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Herederos de las bendiciones por gracia de Dios

Herederos de las bendiciones por gracia de Dios

Base Bíblica: Romanos 8:14, 15; Gálatas 3:25-29; Jeremías 31:3

Introducción:

Dios nos concibió para experimentar una vida plena. Ese fue y ha sido su propósito eterno; sin embargo, el pecado que introdujeron al mundo Adán y Eva y que produjo contaminación a las generaciones siguientes hasta nuestros días, desencadenó la separación del Padre celestial y nos tornaba dignos de muerte física y espiritual. No obstante, el infinito amor de nuestro Supremo Hacedor proveyó solución mediante la muerte del Señor Jesús en la cruz. La obra redentora nos permitió ser adoptados hijos de Dios. Es una maravillosa noticia porque no solo somos ahora hijos sino además, herederos de las bendiciones que Dios ha tenido preparadas para nosotros desde antes de la fundación del mundo.

I. Somos adoptados hijos de Dios por la fe en el Señor Jesús

1. Aun cuando el pecado nos separaba de Dios, gracias a la obra redentora del Señor Jesús fuimos adoptados como hijos por el Padre celestial (Romanos 8:15; Efesios 1:3-5; Gálatas 4:4, 5)

1.1. Un principio esencial de quienes eran adoptados en la antigüedad era que recibían los mismos derechos y privilegios que los hijos legítimos (Cf. Génesis 48:5; Éxodo 2:10; Ester 2:7; Génesis 15:1-4; 16:1-3; 1 Reyes 11:19, 20)

1.2. En la antigüedad Dios adoptó a Israel como su hijo (Éxodo 4:22)

a. Dios siguió amando a Israel como su hijo a pesar de que reincidieron en la infidelidad (Isaías 1:2, 4; Jeremías 3.19; Oseas 1:10; 11:1, 2)

b. El amor de Dios como Padre ha sido tan grande por Israel que permanece a través de los siglos a pesar de las circunstancias-

1.3. Bajo la legislación romana el hijo adoptado recibía todos los beneficios de la familia que lo adoptaba. Se hacía heredero de todos sus bienes. Si tenía deudas, quedaban saldadas. Entre sus deberes se contaba fidelidad al padre y sometimiento a las normas establecidas en esa familia.

2. En el Nuevo Testamento el término adopción proviene de la palabra griega huiothesia que se compone de dos raíces que traducen: la primera, hijo , y la segunda, lugar , y que transmiten una idea de pertenencia “Un lugar como hijo”.

2.1. Usted y yo recibimos la adopción como hijos de Dios por la fe en la obra del Señor Jesús (Gálatas 3:25-29)

2.2. Cuando expresamos fe en el Hijo de Dios y en Su obra, les abrimos las puertas de nuestro corazón (Juan 1:12, 13)

a. Al ser adoptados por Dios, llegamos a ser una nueva creación en Cristo (Gálatas 6:15)

b. Al ser adoptados por Dios, nuestra naturaleza experimenta transformación (1 Corintios 6:9-11)

c. Al ser adoptados por Dios, somos nuevas criaturas y todo es nuevo (2 Corintios 5.17)

3. Somos mucho más que huérfanos que viven al interior de una nueva familia. En lugar de esto nos convertimos en criaturas nuevas en el seno de la familia de Dios. Desde el momento de nuestra Salvación ¡somos considerados hijos del Padre celestial!

3.1. En nuestra condición de hijos, Dios nos ayuda en el proceso de crecimiento personal y espiritual (Filipenses 1:6)

3.2. En crecimiento personal y espiritual es un proceso en el que Dios debe ocupar el primer lugar (Filipenses 2.12, 13)

II. Recibimos la adopción como un regalo de Dios

1. Por nuestros pecados, que otrora nos separaban de Dios, no merecíamos nada diferente que la muerte (Romanos 3:10, 18, 23; Cf. Efesios 5:6)

1.1. Cuando el pecado gobierna a una persona, afecta su forma de pensar y de obrar (Efesios 2:3; 4:17-19)

1.2. Ningún esfuerzo humano nos permite alcanzar el perdón de Dios (Efesios 2.8, 9; Romanos 3:20; Gálatas 3:10)

1.3. Lo único que merecíamos en nuestra condición de pecadores— separados de Dios— era la muerte (Ezequiel 18:4, 20)

2. Sólo el amor incondicional e ilimitado de Dios abrió el camino para que Dios nos perdonara (Jeremías 31:3; Lamentaciones 3.22, 23; Romanos 8:38, 39)

3. Gracias a la obra redentora del Señor Jesús, nuestro amoroso Padre celestial abrió el camino para el perdón de nuestros pecados (Hechos 2:23; 3:18; Hebreos 2:9; Gálatas 4:4, 5; Juan 3.16)

3.1. El Señor Jesús cargó con el peso de nuestras culpas y pecados (2 Corintios 5:21)

3.2. El Señor Jesús nos rescató de la vida desordenada y sin propósito que no sólo nos afectaba sino también a las personas que nos rodeaban (Efesios 2:1-5)

3.3. El Señor Jesús con la muerte en la cruz no sólo permitió que fuéramos adoptados hijos de Dios sino que, además, nos hizo herederos (Efesios 1:4, 5; 2:3-7; Romanos 8:17; Gálatas 4.28)

3.4. El Señor Jesús mediante su sacrificio en la cruz nos reconciliócon el Padre celestial (Romanos 5:9-11; Efesios 2.11-13, Colosenses 1:19, 20)

a. Fuimos perdonados por Dios a precio de la sangre del Señor Jesús (1 Pedro 1:18, 19)

b. El hecho de que Dios sacrificara a su hijo amado Jesús, pone en evidencia que ustedes y yo somos muy valiosos para Él-

c. Como hijos adoptados por Dios, ahoga gozamos de todos los derechos (Romanos 8:17; Efesios 2:19)

3.5. El Señor Jesús, mediante su obra redentora, hace posible nuestra resurrección (Romanos 5:6-10)

“Nuestra adopción está fundamentada sobre la perfecta e incorruptible sangre de Cristo. Hay momentos en que el diablo lo condenará, le mentirá o lo tratará de desalentar diciéndole que usted es un perdedor o que usted no es un amado o que no vale la pena. ¡Pero usted le puede decir que tiene la prueba absoluta de que el diablo es un mentiroso!” (Parrish, Frank R., Revista Hechos. EE.UU. Volumen 33, Nro. 1. Pg 10)

4. En nuestra condición de hijos de Dios, gracias a la obra redentora del Señor Jesús, debemos unir esa maravillosa condición al proceso de crecimiento personal y espiritual (Mateo 25:14-29)

4.1. Crecemos en la fe (2 Corintios 10:15)

4.2. Crecemos en el conocimiento de Dios (Colosenses 1:10; 2 Pedro 1:1-4)

4.3. Crecemos en la gracia (2 Pedro 3.18)

4.4. Crecemos en sabiduría espiritual (Efesios 1:17-19)

4.5. Crecemos en el conocimiento de Cristo y su obra (Filipenses 3:7-11)

4.6. Crecemos en nuestro llamamiento (Filipenses 3:12-16)

4.7. Crecemos en justicia (Colosenses 3:1-4)

4.8. Crecemos en santificación (2 Pedro 1:5-8)

5. El crecimiento y la madurez en Cristo están íntimamente ligados. Dios mora en nosotros por Su Espíritu Santo y quiere ayudarnos en el proceso de transformación. No obstante cada uno debe tomar parte activa en el proceso disponiendo nuestro corazón.

“Nuestra adopción, que no tiene precio, también tiene fuertes implicaciones para nosotros como hijos de Dios. Ser hijos adoptados de Él significa que Dios espera que vivamos una vida diferente a la que teníamos antes de nuestra adopción.” (Parrish, Frank R., Revista Hechos. EE.UU. Volumen 33, Nro. 1. Pg 10)

III. La adopción como hijos de Dios nos asegura privilegios y bendiciones

1. Como hijos de Dios, gracias a la adopción que se hizo posible por la obra redentora del Señor Jesús, ahora formamos parte de la familia de nuestro Padre celestial. Gozamos del amor, privilegios y derechos que asisten a un hijo. Nuestro amoroso Creador no se avergüenza de llamarnos Sus hijos (2 Corintios 6:18; Hebreos 2:11)

1.1. Por Su infinito amor Dios nos escogió para ser sus hijos desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:3-5)

1.2. Desde antes de la fundación del mundo, Dios ha querido lo mejor para nosotros (Jeremías 29:11-13)

2. Como hijos de Dios tenemos ahora el Espíritu Santo que nos permite experimentar una relación personal e íntima con el Padre celestial (Gálatas 4:6, 7)

“El término “Abba” denota intimidad y un profundo respeto. Fue usado en tiempos bíblicos por niños (incluso niños grandes) para llamar a sus padres de una manera muy afectiva, y algunas veces por los alumnos para llamar a sus maestros. Nosotros usamos un término similar para llamar a nuestro padre.” (Parrish, Frank R., Revista Hechos. EE.UU. Volumen 33, Nro. 1. Pg 10)

2.1. Cuando recibimos al Señor Jesús en nuestro corazón somos sellados con el Espíritu Santo (Efesios 1:13, 14)

a. El Espíritu Santo da testimonio que somos hijos de Dios (Romanos 8:16, 17)

b. En la cultura griega cuando se estampaba el “sello” en una posesión, además de afirmar la pertenencia, se aseguraba autenticidad al tiempo que se transmitía autoridad.

2.2. El Espíritu Santo es el que nos guía en nuestra condición de hijos de Dios (Romanos 8:149

a. El Espíritu Santo nos guía en el proceso de crecimiento en el conocimiento de Dios (1 Timoteo 4:12-16; 2 Timoteo 2:15, 3:16, 17; Santiago 1:21-25)

b. El Espíritu Santo nos guía en el proceso de desarrollar intimidad con Dios.

2.3. El Espíritu Santo nos ayuda en el proceso de transformación y crecimiento personal y espiritual (Romanos 12:1, 2, 1 Juan 3: 2, 3)

3. Como hijos de Dios somos totalmente libres (Juan 8:36)

4. Como hijos de dios estamos protegidos del mal. El único poder y autoridad que el demonio tiene en la vida de un creyente es lo que el creyente acepta o permite, porque el Señor Jesús nos dejó capacitados para enfrentar al diablo (2 Corintios 10.3-5, Efesios 6:101-8; 1 Juan 3:8, 4:4)

IV. Como hijos de Dios somos ahora embajadores del Reino

1.- Estamos llamados a revelar la Salvación eterna y la reconciliación con Dios. Eso lo hace quien es consciente de su condición de embajador del Reino de dios (Cf. 2 Corintios 5:18-20)

1.1. No podemos rehusar el cumplimiento de la Gran Comisión (Mateo 28:18-20; Marcos 16.15)

1.2. Por encima de las circunstancias adversas, el apóstol Pablo nos dio ejemplo de su condición de embajador del Reino de Dios (1 Corintios 9:19-27; Colosenses 1:24-29)

2. Es imperativo que cumplamos la misión; ser negligentes llevará a millares de personas a perderse por la eternidad sin Cristo (2 Pedro 3.9; Romanos 10:13, Juan 3.16)

3. Una forma eficaz de compartir las Buenas Nuevas de Salvación es mediante nuestro testimonio de vida (Juan 15:8, 16)

3.1. Dios respaldará el ministerio que desarrollemos (Marcos 16:17, 18; 1 Tesalonicenses 1:5)

3.2. Como hijos de Dios tenemos la tarea ineludible de predicar (Romanos 10:14, 15)

3.3. No somos hijos porque servimos sino que servimos porque somos hijos.

Conclusión:

El ser hijos de Dios es algo maravilloso. Nos hace herederos de las bendiciones aun cuando en nuestra condición de pecadores, lo único que merecíamos era la muerte. Eso es la manifestación del amor incondicional de Dios. Nos perdonó mediante la obra redentora del Señor Jesús, y abrió las puertas para que emprendiéramos una nueva vida, llena de plenitud. Esa adopción no se fundamenta en nuestros méritos o esfuerzos, sino en el amor de nuestro amoroso Padre celestial que no tiene límites. Ahora, nuestro llamamiento, es a la santidad, como conviene a quienes están en la familia de Dios.


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